lunes, 30 de agosto de 2010

Lesbiana se estrena

Por Susana Guzner

Nada más cargante que una lesbiana nueva. O, con mayor propiedad, una hétero conversa. Es, pongamos, tu mejor amiga. Durante años has respondido todo lo “respondible” sobre tu identidad afectiva, ella acogedora, te comprendo de corazón, nena, tengo montón de amigos gay, sólo que a mí me van los señores. Y acto seguido un rosario de extenuantes pormenores sobre el género masculino que te sabes de memoria pero, amistad manda, escuchas comprensiva por enésima vez.
Un buen día y por efecto de alguna alocada pirueta cuántica, iluminación divina o por otro fracaso con el Matías de turno, te suelta a bocajarro que ha decidido “probar” (“probar”, ni que las lesbianas fuéramos un nuevo yogur Danone) el otro lado de la vida y... ¡por Safo, qué peligro!
Bla, bla, bla, que si estar con otra mujer debe de ser la bomba, el juego de espejos, la mar en coche y tú evitando ser proselitista, oé, oé, oé, mi Marce camarada tortilla, pero a la vez procurando no herirla con un tajante: “Amiga, eres heterosexual porque el mundo te hizo así, déjate de experimentos”.
De sopetón y sin anestesia es más lesbiana que tú. “¿Has leído a perenganita y a menganita?” (Vaya si no, son nuestras clásicas, uf.) “¿Conoces tal boliche?” No, anticuada, ése cerró, hay uno muy fashion justo enfrente, el sábado vamos. Que si su fondo de armario (nunca mejor dicho) es adecuado (¿adecuado para qué, pretende enrolarse en las Fuerzas Especiales?) o, dadas las circunstancias, debería renovarlo... ¿Morenas, novatas, animé, clásicas, góticas, butchs, experimentadas, femmes, desesperadas, merenguitas, carapalo en la onda Clint Eastwood? Por favor, nena, viniste así de fábrica. ¿Cómo se hace?
Eso hoy. A la semana siguiente ya es la suma del saber lésbico. Está arrebolada, excitada, ridícula, incluso. Ha emprendido su flamante trayectoria con los ímpetus de una cruzada y un entusiasmo tan infantil e insaciable que cuesta reconocerla. Hasta da pudor verla revolotear por el ambiente ejercitando sus primeros pinitos lésbicos con la discreción de un hipopótamo en un velorio. ¡Y el lenguaje! La sobria y atildada Marce, devota borgiana, te codea groseramente al ver una beldad por ahí. “Qué lo parió, mira esas ancas, pa’galoparlas una semana sin desensillar.” ¡Qué boquita, se te ruboriza hasta el páncreas!
Diez minutos con ella son un suplicio. Porque si antes preguntaba ahora exige recomendaciones, sugerencias, plantea dudas que pretende resuelvas en su lugar y ya en el colmo... ¡te da consejos, la señora!
A punto de caer en las garras de alguna lesbianona famosa por su falta de escrúpulos, la pones sobre aviso y encima se cabrea, soy mayorcita, ni que fueras mi madre, sé lo que hago. Ok, estás advertida. Pero llega lo más trágico, lo que pone a prueba una amistad de hierro y rara vez acaba bien: tira de TU agenda de “ex” o de “posibles” y... ¡se lanza por ellas cual loba hambrienta con un desparpajo que te hace hervir la sangre!
Marce ya no es Marce. Es una contrincante temible, pelea con uñas y dientes a ésa de la moto o a aquella ginecóloga. Le has hablado de la alemanita que te pone a mil y a la cual rondas con la elegancia de una veterana, despacito, despacito... ¡Y va y se la liga en tus meras narices, clink, caja!
Ahora no atiendes el teléfono cuando ves su nombre. La evitas, prefieres no enterarte de los concienzudos y sórdidos detalles de sus abundantes conquistas. Te sientes utilizada, esquilmada y, por qué no, traicionada. ¿Has sido su Manual de Recetas de Tortas y pretende, petulante, escribir nuevos capítulos? ¿Para que aprendas qué, si la ignorante era ella? Lo más sensato es dejar que el tiempo ponga las cosas en su sitio y constates si su alocada andadura sáfica era una urticaria pasajera o se ha convertido en una lesbiana responsable y digna de su actual linaje.
Es que no falla: nada más desquiciante que una hétero conversa.